Una de las principales llamadas que hacía Jesús a quienes lo escuchaban, era la llamada a la conversión: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos” (Mt 4, 17). La Cuaresma es un tiempo de penitencia, oración y ayuno, lo que ayuda a las personas a abrirse a la gracia de Dios y a experimentar una transformación interior. Es una oportunidad para renovarse espiritualmente y para volver a Dios con todo el corazón.
En la liturgia de la Palabra de este III domingo de Cuaresma, se nos presenta en el Evangelio (Lc 13, 1-9) una fuerte llamada a la conversión; Jesús nos llama a ella no con una severidad sin motivo, sino precisamente porque está preocupado por nuestro bien, por nuestra felicidad, por nuestra salvación. Por nuestra parte, debemos responder con un esfuerzo interior sincero, pidiéndole que nos haga entender en qué puntos en particular debemos convertirnos.
El salmo responsorial de la liturgia de este domingo nos recuerda la bondad de Dios, que nos llama a la conversión: “El Señor es compasivo y misericordioso”.
Frente al pecado, Dios se revela lleno de misericordia y no deja de exhortar a los pecadores para que eviten el mal, crezcan en su amor y ayuden concretamente al prójimo en situación de necesidad, para que vivan la alegría de la gracia y no vayan al encuentro de la muerte eterna.
La posibilidad de conversión exige que aprendamos a leer los hechos de la vida en la perspectiva de la fe, es decir, animados por el santo temor de Dios. En presencia de sufrimientos y lutos, la verdadera sabiduría es dejarse interpelar por la precariedad de la existencia y leer la historia humana con los ojos de Dios, el cual, queriendo siempre y solamente el bien de sus hijos, por un designio inescrutable de su amor, a veces permite que se vean probados por el dolor para llevarlos a un bien más grande.
¿Qué significa la conversión? Para explicarlo, acudimos al Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1432):
«La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: "Conviértenos, Señor, y nos convertiremos" (Lm 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron (cfr. Jn 19,37; Za 12,10).»
La conversión es un cambio profundo en el corazón y la mente que nos lleva a alejarnos del pecado y a acercarnos a Dios. En el contexto de la Cuaresma, que es un tiempo de preparación para la Pascua, estamos llamados a reflexionar sobre nuestras vidas, a arrepentirnos de nuestros pecados y a buscar una relación más cercana con Dios.
Una buena práctica cuaresmal es acercarnos al Sacramento de la Penitencia, a través de este sacramento, se cumple el mandato dado por Cristo a los apóstoles de perdonar los pecados (cfr. Jn 20, 22-23). Unido al perdón sacramental, de un modo especial durante este Año Jubilar, podemos ganar la Indulgencia, que es siempre una puerta abierta a la esperanza.
El Año Jubilar nos convoca a vivir como miembros del Pueblo de Dios, reconociendo con fe el Amor que nos manifiesta el Señor Jesús. Y a ser juntos “peregrinos de esperanza”, que hablan creíblemente de perdón y de reconciliación en medio del mundo, de la voluntad de orientar la propia vida por los caminos de la justicia y de la paz, de mirar al prójimo y a la propia existencia ciertos de su dignidad y destino, como amados de Dios.
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Abraham Avila