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Leer a Tolkien


EL 25 de marzo se celebra el Día Internacional de leer a Tolkien; al mismo tiempo, la Iglesia festeja en este día la Encarnación del Señor: María recibe el anuncio del Ángel y la Palabra se hace carne.

Una lectura superficial ha visto en las páginas de Tolkien una alegoría fácil de la religión cristiana: el Anillo sería el pecado, el Señor Oscuro el diablo… Una visión que trata de racionalizar, de dominar o capturar en conceptos, una Presencia mucho más profunda pero también más esquiva. “Aquel que quiebra algo para averiguar qué es, ha abandonado el camino de la sabiduría”.

La mejor manera de experimentar esta realidad es leer directamente la obra de Tolkien o al menos un fragmento de la misma. No se trata de una parábola de la religión católica, una especie de “evangelio apócrifo”. Tampoco de una simple fantasía épica para adolescentes, destinada a traducirse en videojuegos. El lector que se haya acercado a los textos originales, y no solo a las adaptaciones audiovisuales, se encontrará con una poética de la luz y de la pérdida, de la muerte y la inmortalidad, teñida de una profunda tristeza por lo transitorio de la belleza en este mundo pero también de una esperanza que espera contra toda esperanza.

 Algo de esto se mantiene en la trilogía original de Peter Jackson, mucho menos en las adaptaciones posteriores. De todos modos un leitmotiv que atraviesa toda esta obra es el longing, el “anhelo de perfecta belleza que todo hijo de los hombres busca sin hallar” y que se despierta en sus corazones al escuchar las voces del Mar, aunque “no saben lo que oyen”. Es el eco de una Música perdida, de una Luz original, de la que no quedan más que destellos y recuerdos en nuestro mundo caído, pero que reconocemos de algún modo como nuestro propio hogar. Porque el hombre está hecho para ir más allá de los “círculos del mundo”.

De este modo, la obra literaria de J.R.R. Tolkien se hace eco de un eros trascendente que nos invita a ver el mundo con ojos nuevos, como si estuviera de nuevo “encantado”, es decir, dentro de una canción o de la Música. Es la mirada del niño o del filósofo griego (el “asombro”), también la del cristiano. En esta Luz, que aún brilla en nuestro mundo caído, podemos regresar, aunque sea por un instante, a esa visión en que las cosas eran “buenas y bellas”, en la Palabra original.